top of page

No resolvemos nada rumiando

La mentira más difícil de descubrir es la que

nos hacemos a nosotros mismos.


Por Mario Curuchet


Rumiar o sobrepensar es poner a trabajar nuestro cerebro en un tema con un bajo umbral de consciencia, durante demasiado tiempo. Es decir, pensar en automático mientras hacemos otras cosas: mientras conducimos, mientras comemos, mientras escuchamos a alguien hablar. Puedo rumiar un tema durante todo el día, o más.

Cuando entramos en el sobrepensamiento no es fácil salir. Es un bucle como ocurría con los viejos casetes cuando se salía la cinta y el eje no paraba de girar. La cinta se enredaba, y muchas veces se cortaba si no lo parábamos a tiempo.

Lo hacemos, casi siempre, con aquello que nos preocupa. Y esta forma de pensar no tiene nada de eficiente: al pensar sin foco, al pensar mientras hago las cosas del día, solo puedo girar alrededor de lo mismo. Nunca hay solución desde el mismo punto de vista. Mientras rumiamos, no encontraremos una respuesta creativa ni adaptativa. Pensar en automático nunca solucionó nada.



¿Te reconocés en esto?

Antes de ir a los números, vale la pena detenerse un momento.

¿Alguna vez llegaste a la ducha y te diste cuenta de que venías pensando en ese conflicto del trabajo desde que te levantaste? ¿Alguna vez repasaste una conversación incómoda tantas veces que ya no sabías si estabas recordando lo que pasó o lo que imaginaste que pasó? ¿Alguna vez llegaste a una reunión sin haber estado realmente presente en el camino, porque tu mente estaba anticipando todo lo que podía salir mal?

Si algo de esto te suena familiar, seguí leyendo.

La rumiación no siempre se siente como un problema. A veces se disfraza de planificación, de análisis, de preocupación responsable. Por eso es tan difícil de detectar. Sentimos que “estamos trabajando en el tema” cuando en realidad estamos dando vueltas en círculo.


¿Cuántos pensamientos tenemos al día?

Una investigación publicada en la revista Nature Communications nos acerca a una cifra sorprendente: alrededor de 6.000 pensamientos por día en 16 horas de vigilia. El estudio utilizó resonancia magnética funcional para detectar el cambio de patrones de activación cerebral, asumiendo que cada patrón estable corresponde a un pensamiento. (Ver bibliografía.)

En síntesis: tenemos un pensamiento nuevo cada 9,6 segundos. Ese pensamiento puede darse como una palabra, un recuerdo, una imagen, una abstracción o una emoción.

¿Podríamos repasar esos 6.000 antes de dormir? No. Y no solo porque no alcanzaría el tiempo: es porque la gran mayoría no los pensamos atentamente. Los pensamos en automático. Así como la mayoría de nuestros órganos funcionan sin que tengamos que decirles que lo hagan, nuestra “mente pensante” en gran parte también.

Entonces, si la mayoría del tiempo estamos pensando en cosas que no recordamos y que no decidimos voluntariamente pensar... ¿de quién es nuestra vida?

¿Es posible que ni siquiera de nuestros pensamientos seamos del todo dueños?

Cómo me afecta el sobrepensamiento

No podemos separar lo que pensamos de lo que sentimos, ni de lo que nuestro cuerpo hace con eso.

Si recordamos que un ser querido partió, nos vendrá al menos nostalgia. Si pensamos en cómo puede ser nuestro día laboral mañana, el cuerpo responde diferente que si imaginamos unas vacaciones. Si pensamos en nuestra pareja, dependiendo de cómo lo hagamos, el resultado emocional será completamente distinto.

Esto aplica tanto a los pensamientos conscientes como a los automáticos. Y aquí está el punto que más vale la pena subrayar: si la mayoría de nuestros pensamientos son automáticos, entonces nuestro estado emocional también lo es en gran parte.

La rumiación provoca estados de ánimo que nos predisponen a ver más de los mismo, a pensar más y más del mismo lugar, retroalimentando el ciclo. En el sobrepensamiento, la energía se estanca en nosotros, por eso es tan desgastante y no nos lleva a nada.

Muchas de las actividades que hacemos a diario las realizamos en estados emocionales generados por pensamientos que no tienen nada que ver con lo que estamos haciendo. Estamos físicamente en un lugar, pero emocionalmente en otro.

No solo estamos aquí con el cuerpo y en otra parte con la mente. También estamos emocionalmente en otra parte.

La trampa del autoengaño

Mientras más repetitivas son nuestras conversaciones internas, menos hacemos algo para resolver la situación. Aunque sienta que estoy todo el tiempo pensando en el problema, menos resuelvo, menos creativo soy, menos energía tengo para afrontarlo.

Aquí aparece una distinción importante: preocupación no es lo mismo que rumiación.

Pre-ocuparse, en su sentido literal, es la capacidad de ocuparse de algo de antemano: hacer algo antes de tiempo, anticiparse activamente. La rumiación es exactamente lo contrario: aunque parezca que estoy muy ocupado pensando, en realidad no he comenzado nada. Ni siquiera arranqué.

Se produce así un autoengaño: como pienso mucho, creo que estoy haciendo algo. Pero es como una calesita: mucho movimiento, ningún avance. Pura distracción. Muchas veces es también una excusa inconsciente para no actuar. Mucha mente puede ser una forma de evitar la acción que el problema realmente necesita.


El costo que no vemos

Hay algo que la rumiación nos cobra y que rara vez contabilizamos: el costo de oportunidad.

Mientras rumiamos, no solo no resolvemos. También dejamos de estar presentes en lo que está pasando ahora. No estamos realmente en esa conversación, no estamos disfrutando esa comida, no estamos viendo a la persona que tenemos enfrente. El tiempo se va, pero nosotros no estuvimos.

Y eso tiene un precio: vínculos que se erosionan de a poco, momentos que no volverán, energía que se agota en el vacío. La rumiación no es inocua. Es una sangría silenciosa de nuestra vitalidad y nuestra presencia.


El presente como respuesta

La rumiación es la respuesta a no poder estar en el presente con el cuerpo y las emociones. Cuando no puedo estar en el presente, mis pensamientos se retiran y visitan el pasado, el futuro, o ambos.

Si prestamos atención a una rumiación, veremos que los pensamientos siguen dos líneas: hacia el pasado (¿por qué pasó esto?, ¿cómo llegüé hasta acá?, ¿cuándo empezó?) o hacia el futuro especulativo (¿qué pasaría si...?, ¿y si sale mal?).

En ambos casos, el presente desaparece. Y es exactamente en el presente donde están nuestros recursos: nuestra capacidad de resolver, de actuar, de crear, de confiar.

Todo lo que nos saca del presente demasiado tiempo nos separa de lo que somos capaces de hacer. Solo en el presente disponemos de todo nuestro potencial.

¿Qué podés hacer?

Detectar la rumiación es el primer paso, y no es sencillo porque, como dijimos, se disfraza. Algunas preguntas que ayudan a reconocerla:


• ¿Estoy pensando en esto repetitivamente sin llegar a ninguna conclusión nueva?

• ¿Puedo hacer algo concreto con esto ahora mismo?

• ¿Mi cuerpo está tenso mientras pienso en esto?


Si la respuesta a la primera es sí, y a la segunda es no, probablemente estás rumiando.

Una vez que lo detectás, el movimiento es hacia el presente: una respiración consciente, nombrar en voz alta lo que estás sintiendo, escribir el pensamiento en un papel para “sacarlo” de la cabeza, o simplemente mover el cuerpo y cambiar de ambiente. Pequeñas acciones que interrumpen el ciclo.

Naturalmente, la mente va a pensar en automático: lo necesita para ahorrar energía. No se trata de evitar todos los pensamientos automáticos, sino de desarrollar la capacidad de darse cuenta cuando la mente está rumiando, y elegir volver.

Ser conscientes de cuántos de esos 6.000 pensamientos son útiles, creativos o compasivos, versus cuántos son repetitivos, autocríticos o rumiantes, es uno de los mayores desafíos del desarrollo personal. Y uno de los más rentables.


Finalmente

Mucho del sufrimiento cotidiano es producto de nuestra dificultad para resolver situaciones desde el presente. Tomar responsabilidad sobre esto puede comenzar con un momento simple: darme cuenta de que estoy sobrepensando, parar el ciclo, y volver a mí.

Estar presente es afrontar el asunto. Detener el sobrepensamiento es un acto de mayor responsabilidad y sabiduría de lo que parece.

Y si me doy cuenta de que no puedo hacerlo solo, pedir ayuda. Un proceso de acompañamiento —ya sea terapéutico o de coaching— puede ser exactamente el espacio que falta para aprender a habitar el presente de otra manera.


Comparto nota en la revista Nature

Tseng, J., & Poppenk, J. (2020). Brain meta-state transitions demarcate thoughts across task contexts. Nature Communications, 11, 3480. https://www.nature.com/articles/s41467-020-17255-9

 
 
 

Comentarios


bottom of page