Agotamiento y algo más
- Mario Curuchet

- 14 jun
- 4 min de lectura
Círculos de Práctica · CEAT
Hay semanas en que todo parece pesar un poco más de lo habitual. Te despertás cansado aunque hayas dormido, el trabajo que antes te entusiasmaba ahora te resulta indiferente, y cualquier pequeña contrariedad te saca de quicio. Si algo de esto te suena familiar, puede ser que estés experimentando lo que conversamos este jueves en Círculos de Práctica.
Este es el tema que compartí en el último encuentro, y quiero acercártelo también a vos, que no pudiste estar, o que simplemente querés seguir reflexionando.
¿Cómo se ve el agotamiento emocional?
No siempre llega con un cartel que diga 'estoy agotado'. Muchas veces se cuela de manera silenciosa, a través de comportamientos que podemos aprender a reconocer:
Perdemos interés en aquellas cosas que antes nos inspiraban entusiasmo. No en una sola actividad, sino de manera generalizada: la dieta, el gimnasio, el trabajo, los proyectos personales. El interés general por la vida se reduce.
Aparece una especie de apatía. Nada parece importar demasiado.
Nos sentimos activados, molestos de manera continua, reactivos, intolerantes. Cualquier cosa nos carga las tintas.
El cansancio aparece desde temprano, desde la mañana misma, antes de que el día haya tenido siquiera la oportunidad de exigirnos algo.
Estos cuatro indicadores son algunas señales observables en la manera de conversar, en el cuerpo y en las emociones que vale la pena aprender a leer.
Una tríada en donde todo está en relación
La Ontología del Lenguaje —uno de los marcos teóricos desde el que trabajamos en CEAT— nos enseña algo fundamental: el ser humano es una unidad indivisible de lenguaje, emoción y cuerpo. Ninguno de estos tres dominios opera de manera aislada; cada uno influye sobre los otros en una danza permanente.
Cuando estamos en una emoción intensa, el cuerpo la registra: cambian los niveles hormonales, los neurotransmisores, la postura, la respiración etc. . Y a la inversa, si modificamos el cuerpo —la postura, el movimiento, la respiración— también influimos sobre el estado emocional. La relación es bidireccional e íntima.
Pero lo que muchas veces olvidamos es que el lenguaje también forma parte de esta triada.
Las conversaciones que tenemos —con otros y con nosotros mismos— moldean nuestra emocionalidad tanto como cualquier evento externo. Una conversación pendiente pesa en el cuerpo. Una decisión que no tomamos ocupa espacio emocional. Un proyecto abandonado puede quitarnos energía.

Algunas causas posibles
El agotamiento emocional desde este marco teórico, no aparece de la nada. Cuando lo exploramos con honestidad, casi siempre encontramos alguna de estas situaciones:
Conversaciones pendientes: con otras personas o con uno mismo. Algo que no dijimos, algo que postergamos.
Decisiones que tenemos que tomar y no tomamos: declarar un 'no', poner un límite, respetar nuestros propios espacios.
Pérdida de sentido en lo que hacemos. No tener claro el norte de nuestra vida.
Ausencia de un proyecto, de algo nuevo que estemos construyendo.
Todo lo pendiente consume energía. Todo lo que sabemos que tenemos que hacer o confrontar, independientemente del motivo por el que sigue sin resolverse, es energía que quiere ponerse en movimiento y no puede. Es como agua represada. Esa tensión —entre el impulso de actuar y la inacción real— nos agota de formas que no siempre sabemos nombrar.
El estado que queremos recuperar
La vida en términos generales puede ser cansadora, y eso es completamente normal. No podemos estar contentos, entusiasmados, creativos y generosos todo el tiempo. Sería irreal pretenderlo.
Pero cuando la pérdida de vitalidad se vuelve visible y sostenida, podemos elegir verla como una llamada de atención: una invitación a revisar algo que necesita movimiento.
Si tuviéramos que describir un estado de equilibrio —no de perfección, sino de salud vital— diríamos que se parece a esto: energía disponible, movimiento, entusiasmo, esperanza, creatividad, apertura hacia los demás. No la ausencia de problemas, sino la capacidad de enfrentarlos sin sentirse aplastado.
Ese estado es posible. Y para recuperarlo una dirección posible es: ponerse al día con lo pendiente. Limpiar la quilla.
Los barcos, cada tanto, necesitan mantenimiento. Se les limpia la quilla —el casco— de la capa de organismos que se le adhiere con el tiempo. Esa acumulación puede reducir su fuerza hasta un 40%.
Nosotros también necesitamos limpiar la quilla. Ponernos a tono con lo que dejamos pendiente. Esto, en la práctica, puede verse así:
Conversar los temas pendientes con quien sea necesario. No seguir posponiendo esa charla.
Tomar las decisiones que están esperando o ponerle fecha a esas desiciones.
Poner los límites adecuados para darnos espacio. No como egoísmo, sino como cuidado.
Proponernos proyectos o tareas nuevas que nos nutran a nosotros y, quizás, también a quienes queremos.
Reflexionar sobre el sentido de nuestra vida hoy. No el sentido eterno y definitivo, sino el de esta etapa.
Y en caso de no poder, pedir ayuda.
Ninguna de estas acciones es sencilla. Pero cada una permite que la energía circule el camino desde un inicio hacia una integración.
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Si este tema te resonó, me alegra. Y si querés seguir explorándolo en persona,
te espero en el próximo Círculo de Práctica.
Mario Curuchet · Círculos de Práctica · CEAT



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